Reinicio...
-No puedo más- exclamó
dando un fuerte golpe a la barra de aquel bar, tras decir esto, se escuchó un
sollozo y abatido quedó aquel hombre, que se refugió entre sus propios brazos…
- ¡Vamos, toma las cosas
con calma!, ¡sabes que no es el fin, es un momento nada más, así nos ocurre a
todos! - dijo el acompañante de aquel que lucía taciturno sobre la barra,
en buena medida por los tragos y en otro tanto por la fuerte depresión que acompañaba
a aquel individuo.
-Para mí ya no, ya no,
no… todo se acabó, prefiero desaparecer de este mundo antes de seguir
soportando todas estas penas, ya es suficiente… ¡Dios… ya no puedo! - alcanzó a
pronunciar antes de caer al piso, por los efectos de la bebida –
El ambiente de aquel
sitio para nada se trastoco por aquella situación, los feligreses y empleados
estaban más que habituados a contemplar cómo lo mismo se festejaba, se peleaban
o quedaban en tal estado que era preciso retirarlos en un auto de alquiler con
el auxilio de meseros y uno que otro comensal, pero en este caso, el
acompañante de aquel que cayó al piso, pronto descendió hasta donde su camarada
se encontraba para brindarle el pronto auxilio.
“¡Vamos Raúl!, vamos! te
lo tomas muy a pecho, no es para tanto…” pronunció aquel hombre, en tanto
levantó aquel cuerpo casi inerte, que tras recuperarse de la caída trataba de
asirse al banco donde estuvo sentado.
“¿Necesita ayuda amigo?”
- preguntó el cantinero a Jorge, mientras éste colocaba a Raúl de nueva cuenta
entre la barra y el banco.
-No gracias, solo la
cuenta, es todo-
Después de pagar todo lo
que ingirió aquel hombre tan ofuscado de nombre Raúl, su acompañante tomó a su
colega y amigo, llevándolo casi a rastras hasta el estacionamiento, donde
abordaron el Corvette negro del buen samaritano llamado Jorge.
Rápidamente aquel veloz
auto se perdió entre la Av. de los Insurgentes con rumbo a hacia el sur,
internándose en la colonia Del Valle y haciendo alto total en uno de tantos
edificios de apartamentos que existen en aquella zona de la ciudad.
Raúl a penas y supo lo
que ocurría, pues la embriaguez, el desánimo y el agotamiento le impidieron
percatarse de las cosas. Subir al apartamento no fue nada sencillo, ya que aun
en el elevador y con ayuda del conserje, fue preciso tratar de sostener a un
cuerpo inanimado, al final y como pudieron, Jorge y el encargado condujeron
aquel despojo de hombre hasta su morada
Jorge agradeció el gesto
al segundo samaritano acomedido en auxiliar a Raúl, le entregó cien pesos, el
buen mozo dio las gracias y se retiró, no sin antes advertir que ambos
ingresarán al apartamento.
Después de encender las
luces y conducir a Raúl hasta su habitación, esperó unos instantes para ver que
nada se le ofreciera, en tanto acomodó algunas cosas de la recamará, unos
adornos, ropa, pedazos de libros y un reloj sin baterías que estaba tirado en
el pasillo.
Finalmente amonestó a
Raúl y le suplico parar esa espiral destructiva que lo estaba conduciendo a la
ruina…
“…Raúl, amigo, debes
parar, ¿qué pasará contigo y con el bufete, lo has dejado caer mucho? ¿casi
estamos quebrados?, ya piensa las cosas…” dejó a su amigo descansando en la
cama, tras sentirse más cómodo, el susodicho comenzó a reaccionar y a delirar:
“…Lo ves, ni una maldita
borrachera me puedo acomodar sin que vengas a ayudarme, ya no sirvo para nada,
¿veme? soy un despojo, una piltrafa; ahora entiendo a mi Perla y porque se
largó con ese desgraciado hijo de… de Lucas, él si es exitoso, buena ropa,
buena casa, buen carro, preparado, sobre todo le dio lo que yo no pude…
¡yo ya he perdido todo!
¡vete mi amigo! ¡lárgate, no quiero que me veas más! ¡déjame que me consuma
como vela a punto de extinguirse!...
¡ah, pero no te vayas
con las manos vacías, toma cualquier porquería que veas y que te guste, al fin
el banco se lo llevará todo, así que prefiero que te sirva a ti, ahí tú sabrás
si lo vendes, lo tiras o lo que tú quieras...!
Desoyendo lo que su
intoxicado camarada dijo, Jorge se aprestó a salir del apartamento, no sin
antes quitarle las llaves y cerrar por fuera la casa, ya que conocía de lo que
era capaz Raúl y temía que hiciera una nueva tontería. Al salir del edificio
solo se despidió del portero que le había ayudado, advirtiéndole que había
cerrado el departamento y él se llevaba las llaves para seguridad de Raúl y que
ante cualquier situación lo buscarán en un teléfono que le anoto en el libro de
visitas. El encargado, le dijo:
“…pierda usted cuidado,
así como viene, difícilmente se levantará, al rato sube a darle una vuelta…”
Jorge y el portero se
agradecieron los favores y cada quien marchó a sus cosas, Jorge en su Corvette
se fue a su casa, el portero se sentó a observar el circuito cerrado enfocando
el pasillo del undécimo piso apartamento 11-04, ahí dejó la imagen y se dispuso
a ver la televisión.
En medio de aquel
apartamento diseñado y decorado por su dueño, Raúl se revolvía en su cama, con
fuertes dolores, mayoritariamente emocionales, mismos que le daban vueltas a la
cabeza y lo hacían recordar escenas de su pasado…
Como aquella mañana
limpia y de sol resplandeciente, que entraba por toda la casa, no había sitio
donde la energía del astro rey no se hiciera presente, envuelto en las sábanas,
Raúl estaba entre dormido y despierto, sin la más mínima intención de romper
aquel idílico y apacible descanso.
“…Anda flojo, ¿qué
pretendéis quedaos todo el día echado? arriba, arriba, arriba, ¿cómo decís
vosotros? a sí, “a huevon arriba” ... juguetonamente una voz femenina de acento
ibérico, osó interrumpir el plácido sueño de Raúl…”
Debido a la insistencia,
al pobre hombre no le quedó de otra que incorporarse y hacer el esfuerzo de
salir de la cama, lo cual no fue nada sencillo, ya que tan pronto buscó
incorporarse, un almohadazo lo volvió a tumbar, al intentarlo de nuevo, recibió
otro y otro hasta que aquello se convirtió en una batalla campal sobre la cama.
Como toda guerra, los
bandos poco a apoco se fueron desgastando, hasta llegar al punto de celebrar un
tratado de paz y con ello la rendición de uno de ellos, en este caso, el contendiente
derrotado fue Perla, la iniciadora del conflicto, quién sucumbió ante las
fuerzas y seductivas tácticas de Raúl, quien la invadió poco a poco hasta
tenerla completamente cubierta con su cuerpo, en tanto ella entregó
completamente su cuerpo a su amado invasor…
Aquella joven pareja se
había conocido cinco años atrás, cuando por azares del destino, Raúl realizó la
remodelación de unas oficinas para una empresa española, siendo la señorita
Perla de los Reyes la comisionada para ejecutar dicha obra, tras consultar
varios despachos encausados a estas tareas, quedó maravillada del talento como
diseñador de interiores de aquel joven tan vanguardista.
De esta manera y después de superar a un
consejo técnico binacional bastante estricto, el despacho In Details,
propiedad de Raúl y Jorge, ganó la adjudicación de aquella obra. Misma que se
fijó como meta terminar en ocho meses, lo cual representó todo un reto…
Entre las visitas al
despacho y a la obra, la confianza entre Perla y Raúl se afianzó, a tal grado
de que ella poco a poco aceptó las invitaciones del joven para ir a cenar o
pasear, todo bajo la excusa de mostrarle propuestas interesantes a la
empresaria española.
Para el día de la
entrega del proyecto, en medio de un coctel que la empresa ofreció a sus socios
en México, Perla y Raúl ya compartían más que una amistad, situación que pronto
cambió, pues antes de que ella retornará a la madre patria, recibió de aquel joven
una propuesta para un “proyecto” difícil de rechazar…
Un domingo como
cualquier otro, Perla se hallaba recorriendo sola algunas calles de Ciudad de
México, tomado fotografías que eran su pasión y quería, antes de regresar a la
península Ibérica, llevarse varias imágenes de esta ciudad, de esta manera se
encontraba en el barrio de Coyoacán, cuando el celular comenzó a sonar en
repetidas ocasiones…
- ¡hola! -
¡Hola madrileña, ¿cómo
estás?, oye tengo que decirte algo urgente, ¿dónde puedo pasar por ti?
- ¿Raúl, qué coño pasa?
¿te oís preocupado?
-No puedo explicarte
nada, ¿dónde estás?
- ¡que mira, ando en
esto de Coyoacán, no se…!
-Mira “madrileña”,
aborda un taxi y dile que te lleve al Parque la Bombilla y ahí me buscas
-Oye, ¿pero necesitáis
algo?
-No, bueno, ya te diré…
- ¡bye ¡-
Raúl colgó y dejó con
gran angustia a Perla…
Con lo apremiante que
parecía el caso, Perla detuvo al primer taxi que vio, lo abordó con premura y
dio las instrucciones que Raúl le mencionó, el carro llegó rápido al sitio que
la pasajera le solicitó, tras pagar el servicio y descender de la unidad, un Chevrolet
Camaro se acercó a la española, está lo identificó, abordó el vehículo y éste
se perdió raudamente por avenida de los Insurgentes, con dirección hacia el
norte…
Perla preguntaba lo que
pasaba, estaba inquieta, Raúl, con semblante serio no dio muchos datos, solo se
encaminó hacia el proyecto que los involucraba a ambos.
Al acercarse al edificio
donde se ejecutaba su obra, la joven se mortificó por lo que pudiese haber
ocurrido, pensó que algo había salido mal, o un accidentado, peor aún, alguna desgracia…
Sin embargo, el auto
cambio de rumbo en el último instante, se aproximó a un edificio de
apartamentos y extrañada preguntó:
“¿qué ocurre Raúl? “
El auto se estacionó
frente a Torres Adalid 103, él, serio como tumba, solo le indicó que saliera
del vehículo y que lo acompañara…
Tras subir por el
elevador, Raúl comentó a Perla sobre un plan alterno que tenía y que quería que
ella lo estudiara, para ver si era viable realizarlo o no, ella extrañada por
lo que ocurría, le comento:
“…Raúl, vos sabéis que
yo de diseño no conozco naa de naa, ¿Cómo coños queréis que os diga que algo os
conviene o no? ...”
Al llegar al undécimo
piso, y tras salir del elevado, Raúl le comentó que estaba trabajando en este
sitio, en un proyecto casi personal, pero que requería un “asesor” y que nadie
mejor que ella.
“¡qué coño! y ¿vuestro
socio Jorge? ¿acaso él no os podría ayudar? yo solo soy una tía que conoce de
comercio y negocios, si me metieron en este lío fue por mera suerte”
Para ese momento, Raúl
ya ejecutaba un plan muy elaborado y se limitó a decirle:
“Ya entenderás
“madrileña” ya entenderás…”
Él, tomándola de la
mano, la llevó paso a paso hasta uno de los apartamentos, tras ingresar a éste
espacio y al encenderse las luces, ella apreció los detalles con los cuales
estaba acondicionado aquel lugar…
“¡Os felicito!, esto es
realmente impresionante, ¿pero en qué queréis que os ayude si todo está
perfecto?”
“No todo está “perfecto”
“madrileña”- contestó a las interrogantes de su compañera y cortésmente la
condujo a la terraza.
Ahí armoniosamente
dispuesta, se hallaba una mesita, con dos lugares y sillas para los comensales
que eran ellos, una botella de champagne reposaba en su hielera, en tanto dos
copas aguardaban el momento de ser usadas, no obstante, en una de ella, estaba
una rosa con algo metálico en su tallo…
“Perla, desde que te vi
comencé a tener ciertos sentimientos que me turbaban, poco a poco descubrí que
eso que sentía era amor, un amor muy profundo que poco a poco me llevó a esto,
compré este apartamento, sus condiciones no eran las mejores, sin embargo,
invertí lo mejor de mí para convertirlo especialmente para ti y… solo quiero
saber si… “
Tomando de la mano a la
dama y cogiendo la rosa, se hincó frente a ella y dijo:
“¿aceptarías casarte
conmigo?”
Perla se emocionó hasta
el llanto, tomó aire con fuerza y acariciándolo respondió con un fuerte y
apasionado “si, acepto” ....
Él con delicadeza y
antes de levantarse tocó la barbilla y la nariz de Perla…
Así inició lo que al
parecer sería una bella historia de amor, misma que se volvió mágica y
formidable al paso de los años, sin embargo, iniciado el cuarto año de
relación, las cosas no marcharon del todo bien.
Después de varios
intentos por consumar su matrimonio con un hijo, la joven pareja sufrió el más
fuerte de los desengaños, ya que los resultados de un análisis de laboratorio
mostraron que Raúl nunca podría ser padre, este golpe cambió por completo la
vida de ambos.
Perla se sumió en la
tristeza y la desesperación, al ver como su compañero comenzó a consumirse en
el alcohol, el juego y la vida desatrampada, pues Raúl no aceptó por ningún
motivo su condición médica.
Desesperada, buscó ayuda
para ambos, recurrió a todo mundo, siendo Lucas, un conocido y buen amigo de
ellos, quien le ayudó a superar ese trance, que la asfixiaba y consumía
lentamente...
Un día de tantos, tras
una larga discusión, de las ya habituales, Raúl salió presuroso del
apartamento, había perdido más de doscientos mil pesos y sus cobradores lo
presionaban para pagar, esto provocó que su furia aumentara. Perla le recriminó
su actitud y sus faltas como esposo, en tanto, él no se contuvo y explotó diciendo:
“¡No te conduelas de
este maldito lisiado, yo solo te doy lástima y repulsión, maldita la hora en
que llegaste aquí!, mejor te hubieras regresado a tu tierra, allá si serias
feliz…”
Golpeado y rompiendo
todo lo que se hallaba a su paso, él salió furioso del apartamento llevando
consigo joyas, dinero y objetos con los cuales intentó amortizar su deuda. El
silencio se volvió sepulcral, la soledad, la tristeza invadieron lo que otrora
fuera el espacio idílico de Perla y Raúl…
Pasados varios minutos,
tal vez horas, alguien llamó a la puerta, Perla, que yacía recostada en el
sillón, abatida, destrozada y sosteniendo una foto de Raúl y ella, se incorporó
y limpió un poco su rostro, tratando de borrar el llanto y la tristeza que
llevaba a cuestas.
Al abrir la puerta, de
inmediato reconoció a Lucas, el impacto de ver a Perla tan abatida, sola y con
su terso rostro hinchado por el llanto, fue sumamente fuerte, de inmediato y
sin mediar palabra, la abrazó y juntos lloraron y se lamentaron toda aquella
situación.
Poco a poco, las visitas
de Lucas se hicieron frecuentes, al tiempo que las ausencias de Raúl fueron en
aumento, pasados algunos meses, el apartamento fue quedando casi en el
abandono, ya que Raúl pasaba las noches en antros, hoteles de paso o remitido
en la delegación, sólo cuando Jorge lograba rescatarlo, en el apartamento se
veía la deslucida figura de Raúl, dormitando o tirado en medio de botellas de
tequila, mezcal o cualquier otro líquido que lo alejara de la realidad.
Pasados ocho meses de
que Perla abandonara el apartamento, Raúl perdidamente intoxicado, recibió al
abogado de ella, mismo que consiguió, sin mucho esfuerzo, el anhelado divorcio
que liberó a Perla de aquel martirio…
Con apenas y medio
entender o que había hecho, la solución de Raúl fue la misma, tomar la botella
e ingerir todo el líquido que hubiese en ella, ya nada le importaba.
Muchas veces, en medio
de la embriaguez, la soledad y la confusión en su mente, Raúl trataba de
reconstruir su vida, aunque fuera en la imaginación. De esta manera,
vislumbraba la felicidad con su amada Perla y con aquel ser que nunca podría
engendrar, soñaba despierto y jugaba con las sombras del departamento, a veces
reía, gritaba de alegría y se emocionaba con los fantasmas que su mente le diseñaba.
Sin embargo, cuando el
espíritu etílico le abandonaba, la soledad o consumía hasta los huesos, la
tristeza le inundaba y la mente, ya trastocada de un hombre reducido a nada,
comenzaba a vociferar incoherencias que aterrorizarían a cualquier mortal…
“...si para esto me
hiciste hombre, entonces destrúyeme, mándame a los infiernos, pero no me dejes
seguir aquí, pues nada vale la vida para mí, mejor hubiese sido no nacer, no
existir… ¡RESPONDEME, ANDA! ¿QUE NECESITO PARA QUE ME DESAPAREZCAS?...
De esta forma
transcurrían los días, las noches donde poco a poco se extinguía una cordura en
las penumbras de la locura y el alcohol…
Jorge se marchó
preocupado sobre lo que ocurriría a su amigo, claro le quedó que pronto
perdería lo último que le quedaba y que en algún sitio debía acomodar a aquel a
quien tanto estimaba, con esa intranquilidad abordó su vehículo y se perdió en
medio de la noche citadina…
En tanto, en las
penumbras del apartamento, en medio del desorden, cosas rotas, muebles
aventados aquí y allá, sobre la cama, la mente de Raúl comenzó a tomar un poco
de conciencia sobre donde estaba y quién era.
Con los ojos entreabiertos,
trató de adivinar la hora, no obstante, el único reloj que le acompañaba en
aquella solitaria habitación mantuvo inmóvil sus manecillas, toda vez que las
baterías hacia un tiempo se habían agotado.
” ... de nueva cuenta
estoy solo …”
meditó en medio del
dolor de cabeza y los mareos.
“…maldita sea mi vida,
si tan solo pudiera… ella estaría a mi lado, ella me cuidaría y no tendría que
refugiarme como una bestia herida…” – pensó -
Con un nudo en la
garganta, con lágrimas que empapaban las almohadas y soltando sollozos de
verdadero dolor, Raúl meditó largo tiempo…
“... ¿Por qué?, ¿por
qué?, ¿por qué? tuve que ser yo el que tuviera este castigo, si me diste todo y
mi vida marchaba tan bien, ¿por qué me pasó todo esto?, insisto, llévame de
este mundo, pero antes merezco una explicación…”
Después de articular
estas palabras, la inconsciencia se volvió a apoderar de él, en tanto el mareo
que experimentó lo hizo sumirse en un profundo trance, sin embargo, un tic tac
lo regresó a la realidad, extrañado, titubeante y sobre todo desorientado,
buscó sin éxito incorporarse, rodó por la cama hasta caer al piso, en medio de
ropa, despojos de sábanas, muebles y más, localizó acomodado en un sillón aquel
viejo guardián del tiempo andando, pero hacia atrás…
Debido a su estado, no
prestó atención al hecho, sin embargo, la sed y los fuertes dolores de
estómago, lo obligaron a moverse en busca de algún líquido que le devolviese la
vida.
A rastras, llegó a lo
que fuera la cocina, ingirió cuánto líquido tuvo a mano, después de
incorporarse y deambular torpemente por las diversas áreas de la casa, se
detuvo frente al ventanal que daba a la calle, la oscuridad se veía
interrumpida por el alumbrado, mismo que alcanzaba a proyectarse hasta aquel
apartamento.
“...Me siento atrapado y
asfixiado por esta situación, ¡Ya no puedo más! quisiera que todo esto acabará
ya…”
“... Si tanto lo deseas,
puedes conseguirlo…” sugirió una voz femenina que se escuchó muy cerca de él.
“... ¿quién rayos eres
tú?” preguntó Raúl, volteando de súbito y descubriendo una silueta delgada y
alta, misma que las sombras impedían ver a detalle.
“No te angusties, soy
vecina tuya y he escuchado tus lamentos y quise bajar a ver lo que te ocurría…”
Un breve silencio se
hizo presente, a la velocidad de un chasquido, Raúl reaccionó y de inmediato
atendió a aquella dama que había aparecido sin hacer el menor ruido...
“...Perdona el desastre,
encenderé la luz para que puedas buscar donde acomodarte…”
Tropezando y golpeándose
con todo lo que le estorbaba, Raúl se abrió camino hacia donde se encontraba el
apagador, como pudo llegó hasta ese punto y encendió la iluminación.
Después de acostumbrar
sus ojos a la luminosidad que le lastimaba, limpió sus cuencas oculares y su
cara, gracias a lo cual advirtió con detalle la presencia de su inusitada
visita.
En medio de un tiradero
descomunal, donde no se distinguía entre muebles, ropa y demás objetos
revueltos, Raúl descubrió una mujer alta, ataviada completamente de negro, con
unas zapatillas de altísimo tacón, medias negras brillantes y un mini vestido
tan entallado que no dejó escapar detalle de su esbelta anatomía.
Ahí estaba ella de pie,
con las piernas entrecruzadas, el brazo izquierdo en la cadera y el derecho a
la altura del dorso, en cuya mano sostenía un cigarrillo a medio fumar, mismo
que no emitía humo alguno y menos ceniza, pero que de rato en rato ella aspiraba
y éste poco a poco se reducía
Raúl no dio crédito a
tal belleza de mujer que tenía enfrente, para convencerse que no era una más de
sus alucinaciones, la observó detenidamente, poco a poco la exploró con la
mirada al avanzar en derredor suyo…
Además de una figura
perfecta, la piel de brazos y cara era tan blanca que parecía de porcelana,
casi irreal, su rostro era afilado, muy delgado, pero carismático, sus labios
mostraban un rojo cereza intenso, sus ojos azul verdoso, lucían misteriosos al
estar enmarcados con unas sombras que transitaban de lo violeta a lo negro…
En la espalda de aquella
hermosa dama, una larguísima cabellera, escondía un pronunciadísimo escote, que
inició en la nuca y terminaba en la cadera. No era joven, no era vieja, siempre
serena y siguiendo con la mirada los movimientos de Raúl, quien no daba crédito
a lo que veía.
“...discúlpeme, por mi
sorpresa y observarla así, pero nunca te había visto en el edificio…”
Con una voz serena,
dulce y melódica, ella respondió:
“...pierde cuidado, ya
estoy acostumbrada…”
De inmediato, como si de
manera mágica se le cortará la resaca y el malestar, Raúl ofreció un asiento a
su visitante, también le ofreció algo de beber o de comer, sin embargo, ella
amable y educadamente le dijo que no apetecía nada de momento.
Raúl retomó la plática
diciendo:
“...lamento haberte
incomodado con mis berreos y obscenidades, no era mi intención importunarte…”
“...No te preocupes,
estoy acostumbrada a todos esos comportamientos, pero al escuchar tu tristeza y
dolor, me tomé el atrevimiento de venir a ofrecerte mi apoyo…”
“... ¿quieres que platiquemos al
respecto?... créeme que eso te ayudaría….
Raúl quedó pensativo y
dudo en abrir viejas heridas que le costaban mucho trabajo cerrar. No obstante,
se decidió por enterar a su acompañante de todos los detalles que lo llevaron a
la desesperación y la fatalidad, así que tomo asiento en un diván que estaba
junto a ella y por primera vez tuvo el arrojo de confesar todo lo que le
ocurrió desde aquel día de los análisis y como poco a poco fue perdiendo la
cordura, hasta llegar a este momento tan incómodo, confesando también las
múltiples veces que intentó arrancarse la vida, primero arrojándose desde el
balcón del apartamento, después inyectándose somníferos en exceso y hasta
llegar a cortarse las venas inútilmente.
“...debo decirte que en
todas esas ocasiones… el miedo me detuvo o me llevó al punto del
arrepentimiento a última hora… ¿y quieres saber por qué?...
“...adelante, dímelo…”
“...por qué la amo aún,
y me dolería nunca más volver a verla…
Derramando lágrimas y
con la voz entrecortada, Raúl se atrevió a ser abierto y confesar que su
cobardía lo había llevado al borde de lo absurdo y eso le había hecho cometer
tantas tonterías...
“...Y dime una cosa -
cuestionó ella - ¿qué te estarías dispuesto a hacer por cambiar?, ya que según
lo veo, aunado a tu problema físico, sientes un fuerte lazo por Perla.
“...Así es, me enamoré
perdidamente de esa mujer y al verme imposibilitado para poder darle un hijo,
solo he buscado destruirme, por desgracia ella ha cargado con una culpa que no
le corresponde... pero en el fondo la amo y cada día que pasa su ausencia
me hunde más en esta soledad…”
Con una serenidad que no
tenía desde hacía vario tiempo, la plática con aquella extraña mujer,
tranquilizó a Raúl y le permitió expulsar los demonios que él mismo invocó y
que cada día lo refundían más y más en la oscuridad del desasosiego...
“... Bueno pero la
pregunta fue, ¿qué estarías dispuesto a entregar a cambio de recuperar tu vida,
a tu amor y salir de este vacío…? preguntó la dama…
“.. No sé, no lo he
pensado, lo único que he conseguido es a aislarme y romper relación con todos
aquellos que siento me han perjudicado… entre ellos mis amigos, mi socio y en
especial ella…”
“... En este momento,
¿qué estarías dispuesto a hacer por ella a pesar de todo? ...”
Mirando los profundos
ojos azules de su interlocutora, Raúl quedó pensativo, como si se tratara de
una sesión de hipnosis, aquella mujer mantuvo fijamente la mirada en aquel
hombre, cuyos ojos se tornaron rojizos y empezaron a derramar lágrimas…
“...No sé qué hacer, a
veces quisiera dar marcha atrás y nunca conocerla, otras veces regresar al
punto donde inicié toda esta pesadilla y otras tantas, en medio de mis
delirios, he pensado morir y ser su ángel guardián…”
La delgada mujer lo
observó, y después volteó en todas direcciones de aquel departamento, comenzó a
caminar lentamente en medio de aquel tiradero, sus tacones se abrían paso,
lenta y cuidadosamente en medio de aquel caos.
Raúl la observó y vio
como poco a poco la dama se encaminó a la recamara que otrora fue de la pareja,
él se puso de pie y avanzó detrás de ella.
Cuando ella ingresó a la
pieza, con sus grandes ojos advirtió como aquella zona era todo menos una
recamara, había ropa tirada por aquí y por allá, botellas de diferentes
bebidas, unas a medio beber y otras completamente vacías.
El tic - tac del reloj
despertó el interés de ella, se aproximó a aquel aparato, lo tomó del sillón
donde yacía abandonado y sin baterías, pero avanzando o mejor dicho
retrocediendo en el tiempo.
Arrojó lo que quedaba de
su cigarrillo sobre la alfombra, después cogió reloj con sus largas y blancas
manos, observó fijamente la carátula y exclamó:
“... ¡Raúl, seré directa
contigo! tienes cinco minutos para saber qué vas a hacer con tu destino, cuando
estas manecillas lleguen a las doce, será muy tarde para ti, yo me habré
marchado y no podré ayudarte…”
Ella sostuvo el
artefacto frente a su vientre y con el dedo índice de su mano derecha, mostró,
a un impávido Raúl, como las manecillas se acercaban a la hora marcada.
Lo cual no hubiese
tenido mayor relevancia, de no ser porque al tiempo que Raúl enfocó el reloj,
observó cómo los blanco y tersos dedos de aquella dama, con sus elegantes uñas
meticulosamente arregladas, se convertían en deshuesadas falanges con ruinosos
despojos de garras, que toqueteaban insistentemente la carátula, cuya marcha
hacia atrás no se detenía…
Titubeante y con algo
más allá del miedo, Raúl preguntó:
¿quién demonios eres y
qué haces aquí? ¿qué quieres de mí?
“...realmente me
desconciertas Raúl, hace algunas horas vociferabas y te clamabas por abandonar
esta vida y mírate ahora, temblando de miedo al ver que te quedan cuatro
minutos antes de tu desenlace…”
“... ¿Eres la muerte o
algún espíritu endemoniado que viene por mí? -preguntó a aquella mujer que se
mantuvo inmóvil, serena y atenta a la espera de la respuesta de aquel hombre.
“...Piensa en mí como la
última opción que la vida te da para que reflexiones sobre lo que quieres y
cómo lo quieres, pues mi trabajo es brindar ese último momento que a veces
cambia las circunstancias…”
Dicho lo anterior, la
dama se sentó en la cama, cruzando sus largas piernas y pantorrillas, mostrando
cuán bellas eran o por lo menos aparentaban serlo, mientras, jugueteaba con el
reloj e imitaba el tic - tac con sus tacones, solo advirtió a Raúl que le
quedaban tres minutos.
“...Dime Raúl, ¿Qué
quieres hacer con tu destino?
Raúl se sintió
horrorizado, reflexionó sobre todo lo que el alcohol le hizo decir, la cabeza
le dio de vueltas y se sintió sumamente agobiado, dos preguntas surgieron en su
cabeza y extrañamente la mujer que le acompañaba alzó la voz y contesto ambas…
“...Si dices que esto es
una broma todo habrá terminado, yo no podré hacer absolutamente nada por lo que
pase después, si crees de verdad en lo que te ofrezco, en algo te puedo ayudar,
pues será cuestión que me digas que es lo que quieres, por cierto, te queda un
minuto…”
Aterrado, atónito,
angustiado, Raúl no supo qué hacer, observó como las manecillas del reloj casi
se juntaban, era cuestión de unos segundos.
Cerró los ojos y los
abrió de súbito, al hacerlo, la dama se había esfumado, en su lugar estaba
Perla, quien desnuda le extendía los brazos, y le decía “...venid amor que os
necesito…”,
Cuando el segundero
estaba por cerrar el empalme de las manecillas y con ello marcar las doce, Raúl
se abalanzó sobre aquella aparición, tumbándola sobre la cama, todo se perdió
en un halo de luz brillante que deslumbraba tanto como el sol del mediodía,
sólo se dejó escuchar un grito que se desvaneció poco a poco:
“…Perla, amor mío voy
hacia ti, eso es lo que más anhelo…”
Raúl se sabía el mismo,
sin embargo, no se hallaba forma, su cuerpo había desaparecido, solo veía una
magnánima luz que lo guiaba hacia su centro.
En medio de una mezcla
de dolor y alegría, surgió una vigorosa exclamación:
¡Felicidades, es un bebe
hermoso!
Dijo el doctor al
orgulloso padre y a la extenuada madre que yacía recostada en aquella cama de
partos…
“¡Perla, amor mío,
míralo, es hermoso! ¡te amo tanto! ¡los amo tanto!”
Extenuada por el trabajo
de parto, la joven madre sacó fuerzas de flaqueza para contemplar a su hijo.
Cuando la enfermera y
Lucas, el orgulloso padre, le acercaron al niño, Perla sintió en su corazón un
extraño dolor que los aparatos de medición no detectaron, al tenerlo entre sus
brazos ella le juró amor eterno y el recién nacido, extendiendo su diminuto
brazo, le rozó la barbilla, con ese simple toque ambas almas se enlazaron como
ya lo habían hecho anteriormente…
“...elegiste sabiamente,
es momento que conozcas tu destino…a partir de hoy tendrás lo que me pediste,
como vez, en algunas ocasiones se pueden corregir las cosas por malas que sean…
no recordarás nada de lo que ya pasó, pero estarás con quien has deseado en el
último momento…”
Aquel bebe recién nacido,
sin conocer lo que pasaba, solo se esforzaba por respirar, no podía hablar, ni
pensar, solo atendía lo que una voz le musitaba en su cabeza:
“…no te esfuerces en
intentar decir nada… es inútil, solo has las cosas correctamente, no vuelvas a
perderte… ya no tendrás más oportunidades de emendar tu camino… Sí… ella estará
ahí para ti, atiéndela, procúrala, amala, como se debe… no desaproveches esta
última oportunidad… eres afortunado, ya que a pocos mortales se le brinda este
tipo de beneficios… ¡hasta la eternidad Raúl, es posible que nos volvamos a
ver!...
Las labores de
recuperación para la madre empezaron de inmediato, el pequeño Ángel Raúl fue
limpiado y puesto en su cuna, ante la mirada siempre atenta de su padre y del
equipo de aquel sanatorio.
A las afueras del
nosocomio, en un quiosco de periódicos y revistas, la gente leía las
editoriales del momento, entre ellas destacó la siguiente nota:
“… ¡Infierno en La del
Valle!... en la madrugada de hoy un fatídico incendio acabó con un lujoso
departamento en el edificio ubicado en Torres Adalid 103, en la colonia del
Valle, las llamas consumieron el onceavo piso, donde hasta el momento se sabe
vivía el brillante diseñador Raúl Oropeza, de quien al cierre de esta nota no
se tiene noticia. Por fortuna los demás pisos fueron desalojados a tiempo y
solo se registran pérdidas materiales, no obstante, dentro del apartamento
siniestrado se localizó una osamenta calcinada, se está en espera de que los
servicios periciales determinen quien es, ya se revisan las cámaras de
seguridad pública y del propio edificio para tratar de saber lo que ocurrió…”
Una fina dama, ataviada
con el característico uniforme blanco de las enfermeras, con una cabellera
larga, sedosa y negra como la noche, leyó con interés la nota, pero no adquirió
el periódico, sin embargo, en su delgado y afilado rostro, que era tan pálido
como las prendas que vestía, al concluir su lectura, una mueca misteriosa se
dibujó, sin dar mayor importancia, retomó la silla de ruedas que empujaba, en
ella un anciano le decía que no perdieran más el tiempo, pues él quería conocer
cuál era ese sitio tan especial que ella le mostraría aquella mañana…