martes, 25 de septiembre de 2018

¿Es pecado espiar a un ángel?



¿Es pecado espiar a un ángel?


Para sobrellevar los duros golpes de la vida, una tarde al salir del trabajo me di unos minutos para respirar y tranquilizar el estrés que la jornada laboral y mis problemas personales me estaban causando.

Después de manejar sin rumbo, me decidí por recorrer mi viejo barrio, así que fui buscando la ruta más adecuada y que me distrajera lo más posible aquella tarde otoñal; cuando llegué me fue muy difícil reconocer lo que fue mi vecindario.

En donde antes estaba la tienda de aquel señor regordete al que llamábamos el  “gachupín” ahora estaba un Oxxo, la casa de la “vieja bruja” fue demolida y ahora había departamentos, el antiguo taller “el maike” ya no existía más, solo estaba el solar convertido en estacionamiento y lava carros, la calle, mi vieja calle, ya no lucía como la deje, desaparecieron los árboles de su camellón, los viejos postes de teléfono en donde colgamos cuanto zapato hallábamos o desechabamos, habían desaparecido, ¡Que tristeza me dio ver aquello!

Las casas de la palomilla ya no eran las mismas, donde vivió aquel al que apodamos “perico”, era ahora una estética, en la del “mantecas” un SPA, en la mía, ni que decir, convertida en multifamiliar, ya no estaba mi balcón, desde donde me paraba en las noches a ver a los coches que echaban arrancones, y desde donde, a escondidas, aventaba cervatanazos contra las señoras, niñas y demás transeúntes…. lo más triste fue ver que la casa de enfrente ya no estaba, según supe salió muy dañada en el sismo del 85 y la echaron abajo.

En aquel fatídico año, aquella casa, de la cual tengo el más hermoso recuerdo de mi barrio se perdió, años antes yo partí a otra colonia y ya no supe de aquella casa y menos aún de Carolina….

¡Oh Carolina! aún estoy enamorado de ti y cada vez que estoy deprimido como hoy, recuerdo esos momentos contigo…


En aquellos días, las palomillas de chamacos aprovechamos hasta el último momento del día para hacer lo que se nos pegaba en gana, los mocosos jugaban pelota, como imitando los partidazos que nos aventábamos nosotros los más grandes y que eran, según, como los de los profesionales…

La mayoría estudiaba, yo era de los mayores, pues ya iba en tercero de secundaria, los demás eran de primero, segundo y uno que otro no era más que un vaguillo sin oficio, pero que a nadie molestaba. Así nuestros pasatiempos eran simples, ver las luchas, jugar fucho, organizar una tardeada con la palomilla, ir a repartir trompadas a los de las demás cuadras… ¡eso era vida!

Sin embargo, todo aquello dejó de ser relevante para mí después del verano más atrevido y mágico que un chamaco de 14 años puede desear...

Frente a mi domicilio vivía una familia, ya saben mamá, papá y tres hijas, una de kinder, otra de primaria y Carolina, la mayor, sus responsabilidades eran muchas, además de estudiar en uno de los colegios particulares más rectos de la ciudad, al salir de sus clases, debía atender a las hermanas, ayudarles con las tareas, en los quehaceres del hogar y servir como buena niña, a pesar de sus 17 años.

En aquellos años me emocionaba cualquier estupidez y renegaba abiertamente de las clases, sobre todo de historia y civismo, total eso de que me serviría, decía en aquel momento, las noches de repaso eran largas y las malditas tareas de mecanografía eran tediosas, sobre todo cuando no se sabe usar la máquina de escribir, así que desde mi cuarto, escribía y veía por el balcón, según yo, para hacer más llevadera la tarde; aquellas horas de hastío eran para mi madre motivo de orgullo y para mi padre un pago a su esfuerzo...

Una de tantas tardes - noches, me encontraba redactando la última cuartilla de una tarea urgente, al ver terminado mi deber, guarde el trabajo en la mochila, apague mi lámpara y me dispuse a descansar.

La noche era tibia y un poco lluviosa, así que deje entreabierta la ventana del balcón, ya que esperaba que aquel apacible sonido me arrullara, sin embargo, el tiempo pasaba y no podía conciliar el sueño, trate de hacer todo lo posible para cerrar los ojos y apagar mi mente, sin embargo, nada funcionó…

Cada sonido, cada destello, cada pequeña vibración turbaba mi esfuerzo por entregarme al mundo de los sueños, en ese momento pensé que la frescura de la calle podría aliviar aquella situación, así que baje de la cama y me aproxime a la ventana, con cuidado la abrí de para en par y el viento refresco mi rostro, aspiré con fuerza, para que el frescor relajara mi cuerpo.

Husmeando desde mi ventana, noté como la calle estaba tranquila, los autos casi no pasaban, vaya, hasta el bus que a veces circulaba todavía, pasadas las diez de la noche, en esa ocasión brilló por su ausencia. A diferencia de otras veces, aquella ocasión, la calle, mi calle, estaba apacible, vamos ni los perros que deambulaban seguido se les vio por ahí.

De pronto descubrí que una luz yacía encendida en la casa de enfrente, en ese momento no le hubiera prestado mayor atención, sin embargo, una figura femenina abrió la ventana de par en par, corrió las cortinas, de forma tal que podía ver parte de la habitación, solo quedó una cortinilla de tela delgada, que con la luz mostraba claramente el interior de la pieza.

Al poco rato una figura que caminaba de aquí para allá cepillando una larga cabellera se hizo presente, poco a poco fui hallando forma e identifiqué a la persona que andaba por aquella recamara… ¡ahhh como olvidar aquella experiencia!

Atraído por un extraño cosquilleo en la boca del estómago, me senté cómodamente en un taburete que tenía en mi alcoba y seguí con detalle a aquella chica que deambulaba sola en su habitación, de vez en cuando volteaba a su ventana y seguía con lo suyo, a veces aparecía y otras salía de mi rango de visión.

Después de caminar por su recámara, ella se detuvo frente a un enorme espejo, yo desde mi posición podía ver con claridad a Carolina y a su reflejo, lo reconozco, fue algo ruin el estar atento a lo que acontecía en aquella otra casa, sin embargo, también fue excitante. Al parecer mi vecina no había notado que desde fuera de su casa alguien la seguía con interés, así que continúo con los suyo…

Tras terminar de alisar su pelo, llevó sus manos a la blusa y lentamente soltó uno a uno cada botón hasta que la prenda cayó al piso… después se desabrochó el pantalón de mezclilla que en un santiamén quedó junto a la prenda anterior, los recogió del piso y los llevó sabe dios donde… al volver frente a su espejo, se contoneaba coquetamente y de pronto... se retiró el sostén y sus juveniles senos salieron a la luz, ¡fue el éxtasis!... finalmente, su pantaleta se deslizó por sus piernas hasta quedar a sus pies…. en ese momento no pude más…. estuve a punto de morir….

No supe qué hacer, gritar, llorar, taparme los ojos, en fin, todo fue un mar de confusiones dentro de mí, el corazón me latía tan fuerte que creí se me saldría, la respiración se me agito y se volvió discontinua, la sudoración fue extrema y…. una parte de mi cuerpo en ese momento se manifestó como nunca lo había hecho… estaba atónito frente a la ventana y no quería perder detalle, no obstante, una vocecita dentro de mí decía “aléjate y no estés de morboso”, pero otra parte de mi mente decía “no pasa nada, sigue viendo”

Carolina quedó desnuda frente a su espejo (y frente a mí, claro, a la distancia) observé cómo revisaba su hermosa figura adolescente y finalmente se alejó… en ese momento me refugie tras mis cortinas, mire al techo y exclamé “oh Dios…”

Dudé que hacer,  esto excedió todo nivel de bajezas que un chico de mi edad podría imaginar siquiera; es cierto que con mis amigos de la escuela y la palomilla muchas veces y a escondidas veíamos revistas para adultos, hurgamos debajo de las escaleras de la escuela para conocer los secretos internos de una falda o desde las azoteas, puentes peatonales y cualquier punto en alto miramos dentro de los escotes pronunciados, pero esa vez todo aquello sobrepasó todas esas travesuras, no supe qué hacer,

“¿miro o no miro?” pensé… Por fin ese morbo de adolescente se impuso, tras volver a asomarme desde mi balcón…. ¡oh decepción!, la luz de la otra casa estaba apagada, solo se veía el vano oscuro y una tenue luz de lámpara que nada mostraba, mi desencanto fue enorme.

Aquella noche tardé en dormir, tal como si fuese la víspera de navidad o reyes, cuando logré dormir, mis sueños fueron muy diferentes a lo que hasta el momento había tenido, repasaba una y otra vez la impresión de ver a aquella figura posando para ese espejo, como bailarina que ensayaba su rutina, dormí poco, descanse nada….

Los días siguientes fueron un tormento, estuve absorto, perdido, mis padres me creyeron enfermo y recibí cuanto tratamiento se les ocurrió, nada sirvió. En la calle y la escuela no podía ver niña alguna porque de inmediato la imagen de Carolina aparecía en el rostro de mis compañeras y amigas, mis amigos se burlaban, vamos hasta los maestros notaron como estaba de “choquedo” .... fue terrible, pero mágico al mismo tiempo….

Mi santa jefecita me hizo confesar y comulgar varios domingos seguidos, aunque nunca confesé aquel bello pecado, pero aún recuerdo haberle preguntado al párroco: “… ¿es pecado enamorarse de un ángel? ...”, nunca me respondió, solo me impuso tres rosarios diarios, uno al levantarme, otro a mediodía y uno más antes de acostarme, así como confesarme rigurosamente todos los sábados y comulgar los domingos en misa de doce; a decir de mi abuela el diablo se me había metido. Pero que iban a saber, no fue un demonio, había visto un ángel que se me metió por los ojos y se quedó en mi corazón….

Para esas fechas la profesora de ética y moral nos arengaba a ser ciudadanos modelo, rectos, respetuosos, obedientes de la ley y las buenas costumbres, de igual manera el párroco en todas mis confesiones, además de diez padres nuestros y veinte aves marías, me invitó a ser el modelo de niño bueno que siempre había sido, todo esto me hizo sentirme mal y pensé en ir a dar una explicación, pero recordé la última paliza que me dio mi padre por haber entrado corriendo a su habitación cuando mi madre y él tenían su “momento”, además ¿qué fregados iba a confesar?, si nadie me había visto, dudo que Carolina se percatara de lo sucedido y menos aún sus padres, de otra manera no estaría contando esto.

Mejor permanecí en silencio, tragándome ese no sé qué, que me carcomía y me daba ansías. Las semanas se hicieron meses y yo sabía que algo estaba mal dentro de mí, a pesar de no ser un gallina, ni de ser agachón o tímido, desde el verano me dio miedo salir a la calle y encontrarme con Carolina.

Si debía ir a la tienda o al mercado, tomaba la bicicleta y buscaba la ruta más sinuosa y alejada, cuando iba a jugar o al pasar la tarde con los cuates, ponía pretextos para no salir o los convencía de ir a jugar a otra parte del barrio, todo esto sin duda me hizo más sospechoso y mis amigos lo sabían, pero la realidad es que… tenía miedo de cómo reaccionaría al ver a aquella chica….

Desgraciadamente y como reza el adagio: “uno pone, Dios dispone, viene el diablo y todo lo descompone”, así fueron mis días desde aquella vez, siempre que buscaba evitar encontrarme con Carolina, ella aparecía, ya fuera de frente, cruzando la calle, al bajar del camión, bueno hasta en la sopa me la topaba. No podía con eso…

Así que trate de no dar más importancia al asunto y si la veía, me volteaba para otro lado, me cruzaba la calle, me perdía como fuera, no obstante, sus ojos, entre miel verdosos y azules, me localizaban, su boca se abría y con un dulce “hola”, me petrificaba. Y yo como buen idiota me quedaba parado, hecho un poste y estúpidamente solo levantaba mi mano y con voz titubeante le contestaba “hola…”

Mal haya sea mi suerte, ¿cómo fue posible que permaneciera impávido, inexpresivo y no tuviera el suficiente arrojo para contestar con aplomo y gallardía?, que bueno, en aquella edad la mayoría somos una mezcla inestable de hormonas y sentimientos, no éramos niños, ni hombres, así que ni modo, con un tímido “hola” envuelto en un halo de vergüenza, respondía a los saludos de Carolina…

En mis adentros sentí esa rara confusión que después supe se llama amor y deseo, pero que en ese momento me quitaba el sueño, bajita la mano me dedique a leer las novelas rosas de mi madre, así como sus revistas Vouge, Marie Clare, Corín Tellado, etc., para ver que podía encontrar sobre ese malestar que me acongojaba.

En aquellas páginas tan llenas de pasión que leía mi madre y que tanto aborrecí desde siempre, solo encontré historias como las de “María Candelaria”, “Romeo y Julieta”, “Historia de Amor”, “Sisi emperatriz” y para acabarla de amolar, comenzó a sonar en la radio aquella canción de Neil Diamond: “Dulce Carolina”, a la cual Julio Iglesias hizo su cover en castellano. En todas estas manifestaciones melosas de romanticismo, siempre surge un tórrido romance que muchas veces acababa en tragedia...

 ¿por qué diantres me pasaba esto? -colérico me cuestionaba en la soledad de mi cuarto- para los chamacos de la cuadra, convivir con niñas era motivo de burla por parte de los demás y no me atrevía a platicar con nadie de mi palomilla, así que me dedique a tratar de resolver esto a como diera lugar.

Atendiendo la cursilería de Corín Tellado y otras tantas como la “Doctora corazón”, los horóscopos del amor, etc., me di a la tarea de explorar esa nueva faceta tan confusa para mí entender: el amor y el deseo... aun en la actualidad batallo con ello...

Todas las tardes, con pretexto de haber salido mal en mis materias, cosa que fue cierta, me aleje de los amigos y de la vagancia, no es que me dedicara más a mis estudios, solo quería meditar, pensar, soñar y recordar aquella experiencia de descubrir el enigma de la belleza femenina.

Por eso, a las ocho de la noche, puntualmente me retiraba a mi cuarto y entre que estudiaba, leía o escuchaba la radio, me daba mis tiempos para sentarme en la ventana y husmear la casa de enfrente.

Mis horas de espera se veían recompensadas cuando ella salía a comprar algo a la tienda o salía con aquel que era su novio, verla con aquel canalla era frustrante para mí, pues ese desgraciado tenía la fortuna de convivir con ella, de reír a su lado, de besarla, de acariciarla, lo único que yo tenía de ventaja sobre aquel infeliz, era que yo ya la conocía de cuerpo entero…

No sé realmente que me había ocurrido, sabía que algo había cambiado en mí, sin embargo, la timidez la seguía teniendo y el miedo a verla de frente igual, al salir a la calle, ya no cotorreaba como antes con mis camaradas, yo me sentía diferente a ellos, en la escuela tras muchos esfuerzos conseguí nivelar mis estudios, mis juegos y pasatiempos dejaron de importarme, ya solo quería llegar a mi ventana y desde ahí buscaba con obsesión el tener la suerte de volverla a ver...

Seguí a escondidas husmeando, esperando el momento exacto de verla, observarla y acariciarla, claro, en mi calenturienta imaginación. Una de esas ocasiones, acostado en el piso de mi alcoba, la vi cómo se despojaba de sus prendas y se colocaba una bata, con ella caminaba, bailaba, en fin, se paseaba por toda su habitación, posiblemente escuchaba alguna canción que la hizo sentirse plena y alegre, ¡como agradecí esa tarde!

Aunque debo confesar que siempre jugó conmigo esa vocecita que no nos deja disfrutar de la vida y que muchas veces nos arruina el momento, sobre todo cuando era obligado a confesar los domingos y comulgar, cuando eso ocurría, a pesar de todas mis ganas de hacer lo que no debía hacer, no me quedaba otra que aguantarme y pensar en otras cosas. 

Casi siempre fui cauto y traté de no despertar sospechas, pero, hubo ocasiones en las que casi fui descubierto, ya que ella intempestivamente se asomaba a la calle y yo me tenía que esconder presurosamente, no sé si llegó a sospechar algo, porque al voltear a ver mi casa, ella algo observaba con detenimiento mirando hacia mi balcón…

Cierto día, sin tener  otra cosa que hacer, me senté desde temprano  a “leer” en mi ventana, claro, solo estaba viendo a cada rato hacia la casa de enfrente, cuando ella llegó observó al derredor y se percató de mi presencia en las altura, yo me hice el disimulado y seguí fingiendo mi lectura, cuando ella ingresó a su habitación, desde el reflejo del espejo pude verla, no obstante, aquella ocasión no fue como las otras, esta vez ella cambió su rutina ligeramente, en lugar de desvestirse en frente del espejo, lo hizo en otro lado, ya cuando salió a donde yo podía verla, ya estaba arropada con una pijama… ¡maldita suerte! dije para mí, sin embargo, sospeche que algo había salido mal y posiblemente me había descubierto, sobre todo, por lo que pasó unos días después…

Cuando el año ya casi había terminado. Un día entre el otoño y el invierno, al salir de la escuela busqué una ruta alterna para no topármela, pues casi siempre coincidíamos en la calle, así que fui a rodear hasta un viejo parque que hoy ya no existe.

Envuelto en chamarra, con guantes, gorra y bufanda, marchaba con premura hacia mi calle, cada cierta cantidad de pasos volteaba a izquierda y derecha, me aseguraba de que ella no estuviera por ahí, como no había moros en la costa, avance confiado y resuelto, mi pensamiento al verme libre era: “ufff, al fin, todo tranquilo…”

Sin embargo, al internarme en el parque, observe que alguien se mecía en los columpios, a la distancia advertí que era una mujer, por el vestido que portaba, después identifique que se trataba de una estudiante, por la mochila que yacía colgada en nos de los tubos del juego; la duda de seguir avanzando me hizo detener el andar, ya pasaban de las 3 de la tarde, iba ya retrasado y si daba vuelta por otro lado me retrasaría aún más, así que tomé la gran decisión de seguir de frente y esperar a ver qué pasaba...

Caminé rápido y sin voltear hacia atrás, pasé a espaldas de quien ya sospechaba era aquella que me hacía sufrir tanto, a unos pasos de salir victorioso, el chillido del columpio se detuvo, yo en vez de apresurar el paso, lo hice más lento, “me lleva”, pensé, y ocurrió lo más lógico que podía haber ocurrido:

“Adiós Esteban” dijo en tono picaron, con eso tuve para detenerme, volteé para hacer frente a la situación y solo rezaba para que los malditos nervios no me traicionaran. Giré normal, ubiqué su rostro y conteste “...Ah… hola Carolina, no pensé que fueras tú…” mis nervios estaban al límite, por más que traté de no mirarla, me fue imposible.

Que puedo decir, ahí estábamos frente a frente, ella y yo, pero ahora no había ventana, ni calle, ni soledad y…. si exacto, ni ella estaba desnuda, ni yo en la seguridad de mi cuarto, así que ni modo: “a ser hombre” pensé….

En mi mente las imágenes de aquella noche empezaban a jugarme desatinos muy graves, así que, a pesar de verla con su uniforme del colegio, mi mente buscaba esa mágica desnudez que tanto me había idiotizado.

A pesar del frío, estaba hirviendo por dentro de mi envoltorio de expedicionario, en medio de hojas que caían y rodeados por la soledad de aquel viejo parque, todo pasó tan rápido y sin embargo para mí fue eterno…

La vi, me vio, nos vimos, pero lo que ella no sabía es que admiraba que debajo de aquel uniforme colegial y un suéter largo, ya sabía lo que se escondía, la ropa en esos momentos cubría todo lo que yo ya había admirado aquella noche, creo que no sospechó nada pues no se incomodó y, al contrario, inició una amena plática….

“¿Te he notado raro conmigo estos últimos meses? ¿hice algo que te molestara o que te ofendiera? en mi casa nos tienes desconcertados, porque eras un poco más efusivo y menos tímido al saludarnos, dice mi mamá que pensaba hablar contigo y con tus padres, pues tiene la idea de que hubo algún problema y no quiere que haya problemas entre nuestras familias…”

  ¿Cómo explicarle? ¿cómo decirle?, que estaba sumergido en un mar de sentimientos encontrados, donde ella se había convertido en una experiencia reveladora sobre la sexualidad para un idiota de 14 años, ¿cómo?

Era verdad, hasta antes de aquella vez yo saludaba indistintamente y con seguridad a la señora, al esposo y a las hijas, pero después de aquello todo cambió, yo ya no podía verlos, pues yo mismo me sentía inculpado de un crimen que pues bien no era grave, pero que me hacía sentir incomodo, cuando nos veíamos, sentía sus miradas acusadoras y sus expresiones de rechazo, así que era mejor no mirar y menos cara a cara, porque en el momento no sabía que ocurriría al verlos, principalmente a ella….

Armándome de valor me acerqué a unos pasos hacia donde estaba sentada muy cómodamente en el columpio, sus piernas estaban cubiertas por unas mallas blancas, sus zapatos o más bien zapatillas a penas y rozaban el piso, la falda se le había arremangado un poco y dejaba ver sus muslos, el resto del cuerpo yacía cubierto por su suéter escolar y encima de éste, uno más largo, su cara, blanca como la luna y sus ojos color entre verde y azulado, con un toque mieloso que nunca había advertido, pero que igual me enamoró más de ella, se clavaban en los míos, después de juntar valor dije:

“...no… no … no, co-co-como crees que me pase algo, todo está bien, solo que me he distraído en otras cosas y pues por eso estoy…. no se …. un poco más... - (diría idiota) pero- dije distraído…”

No obstante, comprobé que mi capacidad de mentir era tan eficaz como el alcohol para apagar un incendio, además ese sexto sentido que las mujeres tienen para advertir las cosas, siempre les avisa cuando algo no es verdad, en ese justo momento ella echó mano de esa habilidad y comenzó a leerme como cualquier libro de texto y de manera inconsciente ella me descubrió:

“… ¿así que no te pasa nada?, mmmm…  muy bien, entonces seguiremos siendo amigos y buenos vecinos, ven y chócalas conmigo…”

Me acerque y me despoje de un guante para “chocarlas”, al hacerlo, además de sentir su mano fría, ella me la detuvo con un fuerte jalón y bajándose del columpio quedamos frente a frente y solo me dijo:

“... los ojos son como ventanas ¿lo sabías?… a través de ellas conocemos el interior de las personas, o de las habitaciones, según sea el caso...solo es necesario recorrer bien las cortinas y ver lo que hay dentro… lo que nos topemos nos puede excitar o espantar y sabes, creo que tu estas como “más que excitado”, pero tranquilo, las ventanas para eso son o ¿no?, de otra manera la oscuridad ocultaría aquello que cuando lo descubrimos no lo queremos dejar de ver…

En ese momento morí, yo clamaba por una ambulancia que me llevara de inmediato a la Cruz Roja,  que estaba a unas cuadras, el corazón se me salía del pecho, mi sangre estaba helada y mi respiración se descomponía, parecía maratonista después de subir corriendo el Popocatépetl sin tanque de oxígeno, seguramente ella advirtió todo lo que hacía desde mi balcón y de manera más discreta lo fue guardando para esta ocasión, quedé boquiabierto, me sentí descubierto, no sabía qué hacer o cómo actuar, finalmente ella halló la solución correcta: sin decir más cerró mi boca con un beso, cogió sus cosas y salió corriendo… yo quede frio y estupefacto…

No sabía si aquello fue un juego, cosa del destino o qué demonios, lo único que tenía en claro era que aquel encuentro fue mi segundo evento más emocionante que había vivido, al sentir el calor de sus labios y su exhalación dentro de mi boca, aquello que da razón de ser a las cursilerías de amor se reveló ante mí… quedé petrificado y emocionado…

Cuánto tiempo pasó ¿no sé?, a qué hora llegue a mi casa, no me lo pregunten, yo solo degustaba una y otra vez aquella experiencia en mi boca...




Debido a mis malas notas, fui amenazado por mis padres a ser más empeñoso en estudiar, me mandaron con un profesor que vivía a unas cuadras, así también, para poder pasar la materia de Artes fui obligado a participar en una escenificación con motivo de las fiestas que se aproximaban.

Para mi familia, en especial para mi madre fue todo un acontecimiento el que su niñote apareciera en una pastorela. Así que ahí estuve acudiendo a los ensayos por las tardes después de clases, dos semanas estuvimos así, preparándonos para los papeles de aquella puesta en escena que se montó en el atrio de la iglesia.

Unos días antes de la presentación oficial, la profesora insistió en hacer un ensayo con vestuario y toda la cosa, así que en una maleta llevé los cambios de ropa que iba a tener, mi madre esmeradamente arregló el traje de “indito” y de charro que portaría para los papeles que representé en aquella pastorela, que por cierto se llamó “las tentaciones de los pastores”.

Después de más de cuatro horas de ensayo, por fin todo salió como ella quería, al ya retirarnos cada quien, a su casa, me percaté que ya era tarde para cambiarme, así que decidí regresar a mi casa vestido como charro, no advertí la hora y marché despreocupado hacia mi domicilio.

Tras cruzar una vieja calle de camellón ancho, donde los vecinos salían a hacer algo de ejercicio acompañados de sus perros y que hoy día convirtieron en un mini deportivo, advertí que una pareja discutía, ella recargada en un vocho y él enfrente, haciendo tantos ademanes como si estuviera haciendo señales, caminé con cautela manteniendo una distancia prudente.

Pasé de frente, pero era tal lo acalorado de la discusión que mantuve la vista clavada en aquella pareja. Menuda fue mi sorpresa al ver que se trataba de Carolina y aquel que se hacía llamar su novio, la discusión era fuerte, ella le reclamaba no sé qué cosa, él trataba una y mil veces de explicarse.

De pronto se escuchó un fuerte golpe, me quedé perplejo al ver como aquel infeliz le soltó una bofetada y después arremetió contra la carrocería del vehículo, ella le gritó y salió corriendo en dirección mía, detrás de ella fue corriendo aquel cobarde, en ese momento la sangre me hirvió, rápidamente pensé que hacer, la opción más viable fue esconderme en un árbol y en el último momento le di un golpe seco con la maleta.

Tan fuerte fue el impacto sobre su cara, que se desvaneció en el acto, de inmediato me tumbé sobre él y le pegue con todas mis fuerzas, la imagen de la bofetada me enardeció tanto que lo golpee hasta ver cómo su sangre manaba de nariz, boca y tras azotarle la cabeza con el asfalto, tome mis cosas y salí corriendo tras Carolina, en tanto, aquel infeliz quedo tirado a media calle, claro es que tras tanto tumulto, pronto las personas salieron a ver qué ocurría, no me detuve a ver, lo único que me movía era alcanzarla a ella y saber si estaba bien…

Pocos instantes después, fui hallando pistas del rumbo que ella tomó, primero encontré una zapatilla, luego la otra y tras doblar una de las cuadras, la tope sentada en la guarnición, con las manos cubriéndose el rostro y llorando. Con sus medias rotas, descalza y un vestido desaliñado, le llame por su nombre, me incliné hacia ella y la toque en el hombro, ella se portó evasiva, pero tras sentarme a su lado nos abrazamos, me despoje del paliacate que llevaba en el cuello y le sequé sus lágrimas.

“...gracias Esteban, mira nada más como me has encontrado…”  le musité al oído, “...tranquilo amor, todo estará bien…”  

En ese momento no atendimos las frases que dijimos, solo quedamos platicando y reconfortando el dolor que existía en la atmósfera, ya más tranquila me explicó que la discusión se originó después de que ella lo descubrió con otra chica en una posada a la cual asistieron, ella salió indignada de aquella fiesta y pocos minutos después, a bordo de su vehículo, él llegó e inició la discusión.

Lo único que le dije en el momento fue: “... quien te trata así, no te merece, muchos somos los que quisiéramos tener el placer de tu compañía, pero al no poder tenerla, nos conformamos con verte sonreír, no permitas que te hieran, mejor aléjate y busca tu felicidad con alguien más…”

Acto seguido, la ayude a incorporarse, le calce sus zapatillas y paso a pasito, caminamos hasta llegar a su casa, una vez ahí,  toqué la puerta y lo que nunca hubiera imaginado ocurrió, el energúmeno de su padre salió y al ver el estado de su hija me increpó con rudeza, a lo que, dejando el miedo a un lado, le expliqué parte de lo que había ocurrido, el hombre tomó a su hija, la introdujo a su domicilio, yo solo cruce la calle y me encerré en mis aposentos, desde mi balcón observé cómo iban y venían sombras que seguramente la estaban atendiendo.

Instantes después, aquel mastodonte de hombre salió y echó a correr, días después me enteré que fue a donde el novio y lo golpeó hasta casi matarlo, fue necesario que entre patrulleros, paramédicos y vecinos lo controlarán, el señor pasó la noche en la delegación y el novio jamás volvió al barrio…



Después de aquella situación, Carolina se recluyó mucho en su casa, sus padres estaban indignados y no querían saber más del problema, de vez en cuando echaba un ojo desde mi balcón y la veía, a veces ella me saludaba y yo le contestaba discretamente.

Yo fui la comidilla por largo rato, tanto para bien como para mal, ya que decían que yo había agredido a Carolina y otros sostenían la heroica defensa que le ofrecí, mi palomilla no me dejaba en paz con la cantaleta “son novios… son novios…”, en fin, en el barrio se dicen tantas cosas que cada quien puede sacar sus conclusiones.

A pesar de todo, se llegó la fecha de la pastorela, así, aquel veinte de diciembre, en medio de gran boato y ambiente festivo, todo el barrio acudió a ver nuestra participación en aquella puesta en escena.

Personalmente hice lo que pude, pero solo quería irme a mi casa, al terminar, pedí a mis padres permiso para ir a descansar, estaban tan contentos que aceptaron sin replicar, en tanto ellos se quedaban en la romería, así cansado, ofuscado y aturdido por todo lo que había pasado, solo quería ir a cambiarme y ver televisión.

Pocas cuadras de mi casa, en medio de una multitud que iba con rumbo a la fiesta, vi a una joven recargada en la pared de lo que hoy es una casa abandonada y que en aquellos años fue la vieja tintoria del “Chino”.

Aquella figura femenina pasaba desapercibida a los ojos de aquellos que iban a divertirse, el frío calaba bastante, sin embargo, esa muchacha lucía hermosa con un abrigo marrón, unas botas que le cubrían hasta la rodilla y una boina que le daba un toque muy francés, fumando un cigarro, volteaba de vez en cuando, como si esperara a alguien.

Cuando pase junto de ella, pude adivinar que se trataba de Carolina, quien me dijo “...hola, ¿no vas a la fiesta?” a lo que le conteste: “...no estoy para fiestas, solo quiero distraerme en otras cosas…” “…Que bueno saber eso” me dijo, acto seguido, sin decir nada, me tomó de la mano y me fue guiando por entre las calles de la colonia, pasamos de largo por su casa y por la mía, cuando intente decir algo ella solo dijo “...sígueme y aguanta mi paso…”.

Andamos un buen rato, hasta llegar a los límites de la colonia Argentina y la México Nuevo, pocas veces anduve por esos lares, la cosa comenzó a preocuparme, pero la tersura de la mano de Carolina, su calor y la fuerza con la que me sostenía, me hicieron olvidarme de todo y dejarme guiar por ella…

Tras varias vueltas por diferentes calles, nos detuvimos, ella volteó y mirándome a los ojos dijo: “...permíteme tu paliacate..”, me llevé las manos al cuello y desate aquella prenda, la coloque en sus manos y me dijo: “...cierra los ojos…”, sin decir nada, con la simple expresión de mi cara, Carolina intuyó que aquello me desconcertaba, no obstante regalándome una sonrisa coqueta, me dijo: “...anda, no te preocupes, confía en mí, cierra tus ojos y déjame vendarlos, pues lo que sigue es una sorpresa…”

Acaté lo que me dijo, ella me retiró el sombrero y echó sus brazos sobre mi cuello, anudado aquel pañuelo en mis ojos y preguntó: “... ¿ves o no ves, no se vale hacer trampa…”, a lo que le respondí con toda franqueza: “...no veo absolutamente nada y eso me desconcierta, pues te ves lindísima y es algo que odio perderme…?, ella rio discretamente y me volvió a tomar de la mano.

Seguimos avanzando unos cuantos metros más, yo solo escuchaba los carros que pasaban, los pasos de ella y los míos, uno que otro perro a la distancia y la tronadera de pirotecnia por las festividades. Finalmente, debimos haber cruzado una serie de puertas, ya que escuche en varias ocasiones que ella movía varias llaves, de rato, me advirtió que íbamos a subir una escalera, misma que debió tener un millón de escalones, ya que se me hizo eterna…

Tras varios pisos, una última puerta se abrió, ella, como excelente guía, me condujo al interior de aquel sitio, de pronto todo fue silencio, eso me inquieto y pensé quitarme el paliacate, pero la voz de ella dijo: “...sin trampas, te estoy viendo…”.



Ya inquieto por no saber lo que pasaba, comencé a tranquilizarme, casi a punto de preguntar por lo que pasaba, escuché su voz diciendo:

“...Anda, puedes quitarte la venda

Atendí la instrucción y menuda fue mi sorpresa al ver todo oscuro y en el más profundo silencio, de pronto unas manos me abrazaron por detrás y empezaron a retirarme el traje de charro, las detuve y advertí que eran las manos de Carolina, de inmediato pregunté “... ¿Qué haces?, ¿De qué se trata esto?...

Ella colocó su cara junto a la mía, apoyándose en mi hombro y comenzó a decir:

“...he sido muy grosera contigo, aquella vez en el parque intuí que algo te incomodaba, poco tarde en ver de lo que se trataba, ya sé que desde tu balcón me has visto en mi habitación y creo que me has visto desnuda, sabes eso no me incomoda, ya que he sentido algo muy especial al sospechar eso, ¿dime, es cierto o no lo que te he dicho?

En ese momento sentí que era el momento de sacar lo que había ocultado por tanto tiempo y que ni al cura le había confesado, así que:

“...Sí…” - quise dar la vuelta, pero ella me aprisionó contra su cuerpo, me sentía tan bien que no quise luchar, solo me limite a decir:

“...Mira, todo fue un error y me declaro culpable, desde hace meses me he sentido muy mal por lo que hice y te ofrezco una disculpa, pero…”

“...No hay pero que valga, como te dije, me he sentido halagada y más aún con lo que hiciste por mí en la calle, pero lo que más me ha cautivado fueron tus palabras en ese instante…”

Ella me soltó y guiando mis manos, me condujo hacia su cuerpo, menuda fue mi sorpresa al sentirla completamente desnuda, con sus labios empezó a besarme y provocó que yo hiciera lo mismo, las caricias fueron de menos a más, en pocos momentos sus manos quitaron cuanta ropa llevase encima, tras algunos minutos, ahí estábamos los dos, desnudos, en medio de la oscuridad.  

Como ocurre en estas situaciones, una cosa llevó a otra y esa a otra, y al final terminamos siendo un solo cuerpo, fundidos en medio de aquel espacio desconocido para mí, pero que culminó con una entrega inesperada, sublime, donde dejé de lado todos aquellos miedos y prejuicios, dando paso a la más sublime manifestación del placer; esa fue para mí la primera vez, sensaciones extrañas se hicieron presentes en mi cuerpo al tener una piel ajena, femenina y tan tersa como la seda.

No nos importó el tiempo, pasaron los minutos y ambos queríamos que aquello fuera eterno, nos unimos uno al otro, a tal grado que exploramos cada rincón de nuestro cuerpo, fue algo hermoso...

Cuando regresé a mi casa, no sabía de mí, estaba tan extasiado que parecía que andaba sobre nubes, mis padres llegaron de la verbena horas más tarde, cuando pasaron a mi habitación me fingí dormido y solo se limitaron a besarme en la frente, sin saber todo lo que había experimentado y disfrutado, en ese momento todo lo que había leído, conocido y aprendido del romance se volvió realidad y pensé, había muerto mi yo niño, al tiempo que nacía el hombre...

Aunque seguimos viéndonos y ocasionalmente encontrándonos frente a frente, hasta 1984 cuando salí de aquel barrio, ambos respetamos un pacto que juramos acatar después de aquel 20 de diciembre….

En medio de la oscuridad y sin saber cómo y cuándo habíamos llegado a la recamara de aquel sitio, estábamos desnudos y abrazados, sobre una mullida cama con sábanas suaves, tanto como la piel de Carolina.

Nuestros cuerpos no sentían el frío, aún estábamos extasiados por todo lo que había ocurrido en aquella habitación. De pronto ella me beso por última vez y comencé a escuchar como volvía a vestirse, en tanto pronunció unas palabras que en ese momento me hirieron, pues aquella explosión tan placentera, me despertó un súbito interés por permanecer siempre con ella, así como estábamos en ese momento:

“...Gracias Esteban, gracias por todo, espero esto te haya gustado, para mí fue muy especial este momento contigo, pero quiero que sepas y trates de entenderme.” - dudó y calló unos instantes…

En tanto, con la oscuridad en pleno, no sabía qué pensar, le pedí que encender la luz y que platicáramos, pero ella fue directa y terminó diciendo:

“...guarda por siempre esto en un sitio muy especial de ti, cuando sientas que algo te falte, recuerda todo esto y piensa un poco en mí, pero no nos busquemos más, sale, sigamos siendo los mejores amigos y vecinos, de vez en cuando podrás verme por donde ya sabes, pero hasta ahí…”

Tras terminar esas palabras me pidió que le jurara que esto quedaba entre ella y yo, así lo hicimos, nos dimos un último abrazo y a pesar de que nuestras bocas se buscaron para sellar aquello con un beso, ella se limitó a colocar sus labios sobre mi frente y los míos en su pecho y con un último “adiós” ella salió de aquella habitación.

Desde entonces mantuvimos en secreto aquello que fue tan especial para ambos y que no debíamos mancillar con promesas o juramentos que a lo mejor no podríamos cumplir, pues ella con 17 años y yo con 14, teníamos diferentes inquietudes, propias de la edad, que bien sabíamos podrían y cambiarían al paso del tiempo, así que aquello quedó entre nosotros como una entrega especial de dos adolescentes que jugaron a ser mayores.

La tarde se convirtió en noche, mis pasos me condujeron hasta donde estuvo aquella casa donde Carolina me llevó, de aquella construcción ya nada existía, ahora estaban unos apartamentos nuevos con centenares de familias, cuando aún vivía en el barrio, ese fue mi rumbo preferido y aunque nunca más la vi en esa zona, el contemplar aquella casa y el cuarto donde todo ocurrió me vivificaba un poco.

Mucho tiempo después supe que ese cuarto era de un familiar de ella y que aquella noche se lo facilitó, porque según esto, Carolina iba a realizar una fiesta...

Después de recorrer todos aquellos sitios y de echar de menos a mi palomilla, a mi familia y sobre todo a Carolina, los problemas del trabajo desaparecieron, sus palabras eran ciertas, cada que la recordará y reviviera aquel momento, las cosas cambiarían.

Camine por aquella vieja calle de Atitlán hasta donde dejé estacionado mi automóvil, lo aborde, encendí el estéreo, coloque aquella pieza tan enigmática para mí y me marché de mi viejo barrio, llevándome de nueva cuenta la esencia de aquel ángel que espiaba desde mi balcón...
¿Qué nos pasó?
¿Qué fue de nuestros sueños?
¿Dónde se ha ido nuestro amor?

Era un amor
que yo creía un juego
hasta que un día terminó.

Yo sin saber
descuidé nuestro amor,
nuestro ayer.

Sweet Caroline,
¿qué va a ser de nuestro amor?
Vuelve otra vez
a los tiempos del amor. ¡O!...







   














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